2 semanas descubriendo los secretos de Japón

2 semanas descubriendo los secretos de Japón

Entre geishas, templos y arquitectura moderna

A lo largo de nuestro viaje de casi dos semanas pudimos descubrir que Japón es un país lleno de contrastes, con una cultura muy arraigada, pero con grandes diferencias entre las zonas más modernizadas y las más rurales. Durante este tiempo nos fuimos enamorando de la gastronomía, las tradiciones y la arquitectura japonesa, mientras recorríamos la isla de Honshu.

Organización del viaje

Durante la pequeña organización previa del viaje decidimos que queríamos combinar grandes ciudades con experiencias más tradicionales, así que buscamos encajar una ruta que, comenzando en Osaka, nos llevara a descubrir Kioto y Nara, a vivir una experiencia inolvidable en Koyasan y a acabar el viaje en Tokio, una ciudad infinita. 

Otro aspecto muy importante a tener en cuenta fue el transporte. En nuestro caso contratamos el JR Pass, un billete de tren que nos permitió trasladarnos libremente en gran cantidad de shinkansen (tren bala) y trenes urbanos. Esto nos proporcionó mucha flexibilidad y rapidez. Por otro lado, reservamos un dispositivo wifi portátil (mifi), para estar siempre conectado y por último y no menos importante, nos hicimos con un buen seguro de viaje, algo que no dejamos de lado en ninguno de nuestros viajes largos.

Osaka

La parada en Osaka era posiblemente de la que menos esperábamos, pero nos encajaba muy bien por una cuestión de vuelos. Finalmente decidimos quedarnos allí una noche, y fue una decisión excelente. Vimos una ciudad moderna, con un animado ambiente nocturno, especialmente en el famoso barrio de Dotombori, pero no exenta de templos y castillos tradicionales. De hecho, el Castillo de Osaka, del siglo XVI, es uno de los símbolos de Japón.

Allí nos topamos con un templo del que poco habíamos leído, pero que nos inició en la espiritualidad del sintoismo. Sumiyoshi Taisha nos dejó prendados, especialmente por los canales y la vegetación que rodea a los edificios, que hacen que por un momento te sientas totalmente aislado del mundo exterior.

Kioto

Pero eso sólo era un aperitivo de lo que nos esperaba en Kioto. La antigua capital de Japón es una de las ciudades más increíbles que hemos visitado jamás. Le dedicamos 3 días, pero podríamos haber permanecido allí toda una vida. Pasear por los callejones de Gion, cruzándote en el camino con japonesas luciendo sus kimonos, e incluso con alguna geisha, es algo que nunca olvidaremos.

En Kioto visitamos lugares tan emblemáticos como el Pabellón Dorado o el Bosque de Bambú de Arashiyama, pero también tuvimos tiempo de disfrutar de la gastronomía. Probamos la carne de Kobe, vimos como hacían las piezas de sushi delante de nosotros a una velocidad de vértigo, asistimos a una ceremonia del té y cenamos en una clásica taberna japonesa (Tepann Tavern Tenamonya), apoyados en la barra y bebiendo una botella de sake.

Fushimi Inari y Nara

Uno de los días de nuestra estancia en Kioto lo dedicamos a hacer una excursión a la cercana ciudad de Nara, otra de las antiguas capitales de Japón. Pero antes de llegar allí en tren hicimos una parada en el famoso templo Fushimi Inari. Allí, en el túnel de torii que se hizo mundialmente famoso por la mítica escena de Memorias de una Geisha, nos sentimos como en una película.

Continuamos hacia Nara para conocer a los ciervos que, según la leyenda, son mensajeros de los dioses. Éstos nos marcaron el camino hacia Todai-ji, un deslumbrante templo de madera que, de hecho, es el edificio más grande del mundo construido en este material. En su interior, un buda gigante guarda el espacio en el que se agolpan cientos de visitantes. 

Koyasan

Antes de partir hacia Tokio queríamos vivir una experiencia que nos introdujera de lleno en la cultura japonesa, que nos obligara a mezclarnos en ella y vivirla desde dentro. Esta experiencia la vivimos en Koyasan, un complejo de templos budistas que acoge a visitantes para que pasen una noche viviendo con los monjes que los habitan.

Allí, aislados del resto del planeta, visitamos, durante la noche y casi a oscuras, el precioso cementerio Okunoin, en el que descansa Kobo Daishi, el fundador de la rama del budismo en la que se encuadran los templos del Monte Koya. Al final del camino nos esperaba un momento de completa conexión con el entorno, y es que pudimos compartir unos minutos de meditación junto a los monjes frente al mausoleo de Daishi, justo antes de visitar el almacén de farolas, uno de los lugares más bellos que vimos en Japón.

También cenamos y desayunamos con los monjes e incluso asistimos al rezo matutino. Una experiencia espiritual que bien valió la pena el largo trayecto para llegar hasta allí desde Kioto.

Tokio

Nuestro viaje de dos semanas por Japón lo cerramos en Tokio, una ciudad que nos pareció completamente inabarcable. Recorrimos 9 de sus 23 barrios especiales en busca de algunas de las más interesantes representaciones de la arquitectura moderna japonesa. Vimos edificios de Tadao Ando, Kengo Kuma, Kazuyo Sejima o Ryue Nishizawa, algunos de los mejores arquitectos contemporáneos japoneses.

Pero no sólo nos centramos en la arquitectura moderna, también pudimos enloquecer con el caos de barrios como Akihabara o el famoso cruce de Shibuya, admirar el lujo de Aoyama u Omotesando, adentrarnos en el célebre mercado de pescado de Tsukiji o disfrutar de una oferta gastronómica sin límites.

En resumen, un viaje para recordar, al que hay que ir con la mente completamente abierta y que lo único que nos evoca son buenos recuerdos e ilusión por regresar a conocer mejor otras zonas de Japón y empaparnos más aún de su cultura y sus costumbres, posiblemente tratando de dedicar más de dos semanas.

Girando la Brújula

Todo surge del placer por conocer lugares nuevos e ir elaborando un diario de viajes. Esta costumbre heredada de abuelos y padres nos conduce a compartir experiencias con quien las quiera leer.

El objetivo del blog es contar nuestras vivencias, dejando abierta la puerta para que el lector pueda descubrir por sí sólo el resto del viaje, o simplemente para abrir el apetito por un destino.

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